A lo largo de la historia de la humanidad, la presencia de las deidades femeninas se ha encontrado en prácticamente todas las civilizaciones. Algunos estudios antropológicos han encontrado evidencia que demuestra la inclinación del hombre por lo femenino, reflejado en el Paleolítico superior (40.000 a.C.), debido a la aparición de las llamadas “Venus prehistóricas”.

Las estatuillas, de apenas unos cuantos centímetros, enmarcan el cuerpo desnudo de la mujer, con grandes senos, vulva y vientre aumentado. La figura cosmogónica femenina estaba asociada con la fuerza procreadora del universo: el útero divino del cual todo emana y todo regresa, para continuar con el ciclo de la naturaleza.

De acuerdo con Pepe Rodríguez, luz y oscuridad, muerte y vida, sequía y humedad eran las características de la gran Madre que fue venerada siglos antes del advenimiento de algún dios masculino.

Para el hombre del Paleolítico resultó inquietante la naturaleza femenina, debido a los periodos menstruales que se suscitaban un par de días y se repetían cada mes. De repente el dolor cesaba cuando el vientre de la mujer crecía y después de nueve meses engendraba a un nuevo ser vivo. La figura de la divinidad femenina fue evolucionando conforme al desarrollo del pensamiento lógico-verbal humano, variando en símbolos y mitos de cada comunidad.

En todos los continentes, los arquetipos femeninos relacionados con lo divino se segregaron, en algunas zonas las diosas tomaron papeles de grandes Madres procreadoras, mientras que a otras se les confirió el cuidado y fertilidad de los campos, así como el crecimiento de la vegetación en similitud con el papel desempeñado por la mujer. En la noche de los tiempos, las féminas fungían como recolectoras de alimentos y cuidadoras de los nuevos miembros del grupo, mientras que los hombres realizaban tareas de protección y caza.

Coatlicue, cuyo significado es “falda de serpientes”, fue la diosa de la vida y la muerte en la cosmogonía mexica. Con garras afiladas en manos y pies, fue reconocida como la diosa de la fertilidad. La madre de Huitzilopochtli y los dioses, fue representada con los pechos caídos de tanto amamantar a sus hijos. En su cuello posee un collar de manos y corazones humanos que simbolizan el acogimiento de la gran Madre con sus hijos muertos, ya que ella nos genera y a ella volvemos.

 

En la mitología griega, Deméter aparece como la diosa de la agricultura. Forma parte de los dioses olímpicos principales, pues sus padres fueron Cronos y Rea. Deméter fue consagrada como protectora de las cosechas y de la fertilidad de los campos, el nacimiento y regeneración de plantas y cultivos. Madre de la naturaleza que nutre e ilumina la tierra con toda clase de vegetales y la erosión de los campos, marca el inicio de la vida y su agonía. La eterna unión de Deméter y Perséfone obsequian a los hombres la alegría de la primavera, mientras que la partida de su hija al inframundo trae el invierno. Según Homero, Deméter era adorada antes de la llegada de los olímpicos, pues guarda el recuerdo de su origen divino, el cual  yace en la época arcaica.

Por último, la diosa Wadjet, protectora de los faraones, era adorada y asociada con el Sol y el cielo, pues cubría con profundo celo al bajo Egipto. La divinidad femenina estaba representada como una mujer con cabeza de león, quien dotaba de fuerza y vitalidad a la tierra, a los ríos y fomentaba el crecimiento de los seres con su poder. Prueba de su cuidado fue Horus en sus años de infancia a quien amamantó; mientras que a Seth lo protegió con la fiereza de un león, cuando pasaba por las marismas del Delta.

Las diosas de la fertilidad llegan a nosotros desde la penumbra del tiempo. Esculturas que miran y guardan un extraño poder. Figuras de liturgia a dioses y a muertos, quienes sujetan sus senos apenas visualizados por el andar de los años y que atestiguan el antiguo dominio de las diosas Madre, culto al milagro de dar a luz y a la capacidad de dar vida.

El hombre antes de cualquier divinidad masculina se rindió a la gran diosa, quien al igual que la madre, en nuestros primeros parpadeos a la vida, nos acogió cuando aún no teníamos conciencia de lo que acontecía.

Queda claro que la primera impresión del hombre hacia una divinidad fue femenina. Desafortunadamente, hoy en día, el cordón umbilical parece desconectado de aquel mundo.

 

Bibliografía:

Rodríguez, Pepe (1999).  Dios nació mujer. Ediciones B: Barcelona, España.

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